Lo que hoy conocemos como la Ciudad de México, en la antigüedad solía ser un puñado de pueblos pequeños que fueron absorbidos por la mancha urbana. Imagina que durante la época colonial las zonas de Coyoacán, San Ángel, Azcapotzalco y el barrio de La Merced no eran más que lugares apartados del centro de la capital.

Entre esas colonias se encuentra “La Roma” la cual surgió a partir de la expansión de un pueblo prehispánico llamado Aztacalco. Esa área hoy es conocida por los citadinos como La Romita, esencia de un barrio cosmopolita que no se niega a perder sus costumbres.

Como su nombre lo indica se trata de una zona que abarca pocas cuadras, cuenta con callejuelas angostas y con una plaza central llena de bancas, fuentes, comercios tradicionales y la siempre presente “iglesia” que corona a todos los pueblitos mexicanos.

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De acuerdo con algunas crónicas prehispánicas, Aztacalco era un islote que formaba parte del imperio de Tenochtitlan, el cual estaba formado por cientos de canales.

Siglos después se convirtió en escenario de batallas y delincuencia. No fue hasta el siglo XIX que los españoles y aristócratas mexicanos empezaron a expandir su territorio a varios lugares alrededor del Centro Histórico. A esta pequeña plaza se le denominó “La Romita”, ya que cuenta con varias calles angostas y arboledas que simulaban la ciudad de Roma, claro, en versión diminuta.

La Romita está rodeada por las calles Durango, Morelia, Puebla y la Avenida Cuauhtémoc.

Al pasar de los años, fueron surgiendo historias urbanas acerca de los bandidos y maleantes que la utilizaban como escondite, y es que por mucho tiempo fue una de las colonias más peligrosas de la ciudad.

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El director Luis Buñuel decidió retratar la realidad de esta plaza en la película “Los Olvidados”, justo cuando vivía una época de rechazo por ser considerada la zona roja de la ciudad. Lo mismo hizo José Emilio Pacheco con su libro “Las Batallas del Desierto”.

Con el paso del tiempo se dio mantenimiento a la Iglesia de Santa María de la Natividad de Aztacalco así como a las calles aledañas, lo cual provocó la llegada de nuevos habitantes haciendo crecer su riqueza cultural y la belleza que contrasta entre el bullicio de avenidas cercanas como Cuauhtémoc y Chapultepec.

Si ya estás animado a conocer la Romita, debes visitar el interior de su Iglesia, ahí encontrarás sorprendentes reliquias como una figura del Señor del Buen Ahorcado, una representación del sufrimiento al cual se encomendaban los indígenas antes de morir.

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Para conocer el verdadero espíritu de la Romita hace falta sentarse en sus bancas con los ojos cerrados para disfrutar del soplar del viento y escuchar cómo las hojas de los árboles se mueven en medio de la plaza.

Caminar entre sus calles significa encontrarse con casas antiquísimas que aún lucen un aspecto lúgubre y deteriorado. Otras construcciones han sido adornadas con arte urbano que bien vale la pena admirar.

En la esquina norte de la plaza se encuentra “Huerto Roma Verde”, un espacio en donde se imparten cursos, algunos talleres de cultivo, así como la venta de plantas y semillas que pueden ser de gran utilidad para tu casa.

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Disfruta de una tarde deambulando por La Romita, si te da hambre puedes comer desde chicharrones preparados, hasta la típica garnacha mexicana. Si buscas algo de beber puedes disfrutar de las paletas de hielo o un agua fresca.

Si amas tu ciudad no dejes de conocer este pedacito de una capital que siempre sorprende a quien le gusta descubrirla. ¡Sé viajero en tu ciudad!

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