América
ASPEN en VERANO: Cuéntaselo a quien MÁS QUIERAS
Descubre el Aspen veraniego con un recorrido histórico entre minas, casas victorianas, jardines, música y rincones que revelan el alma de esta ciudad.
Existen ciudades históricas dignas de leerlas en libros y mostrarlas en museos, pero hay otras como Aspen en verano, cuya belleza está en las calles: basta con salir y pisar los mosaicos antiguos y las dudas comienzan a correr por tu mente: ¿quién los colocó? ¿qué personajes pasaron por aquí? ¿están fundidos o labrados?
Con esa intención de saber la parte histórica de Aspen en verano, contraté un recorrido para entender la fachada de un hotel, la arquitectura de una casa antigua, ¿quiénes visitaban este sitio en sus inicios? o ¿cómo las personas habían decidido explorar las montañas llenas de pinos para convertirlas en pistas de esquí? Pienso que fue todo un reto y, aunque ahora se visitan a través de un sistema de góndolas que cómodamente te lleva a las alturas, ¿cómo visualizaron llegar hasta allá en lo alto?

Conociendo a NINA
Imaginar todo un valle en donde antes no existían calles, negocios y esas exclusivas boutiques y restaurantes —que hoy tiene este hermoso lugar— parece casi imposible, pero existió y al parecer tuvieron que pasar muchos años y acontecimientos para que Aspen se convierta en uno de los destinos más fascinantes y pretenciosos de los Estados Unidos.
Yo descubrí ese Aspen caminando detrás de Nina: una mujer que parece que salió del pasado a nuestro encuentro, caracterizada en otra época… una época de bonanza. Este suceso me sacó completamente de mi idea del tour; era casi imposible no mirarla, pero no solo era mi percepción, era de todos aquellos viajeros que asistimos puntuales a un viaje al pasado.

El recorrido histórico por las calles de Aspen apenas comenzaba; la vestimenta de Nina ya formaba parte de la experiencia: un vestido de flores y encajes, anteojos, una coqueta bolsa de perlitas y una elegancia en su caminar que acentuaba su personalidad. Todas sus expresiones terminaban de construir el personaje.
Nina abría sus enormes ojos azules detrás de unos ligeramente circulares lentes de aumento, levantaba sus cejas canosas, gesticulaba mientras sus delicadas manos cambiaban constantemente de acuerdo a sus distintas historias, como si levantara sus dedos para tomar el té; no necesitábamos una máquina del tiempo, ya venía incluida en su dramatización.

—Señores, frente a nosotros se levanta Aspen Mountain, también llamada Ajax; a un costado está Smuggler Mountain y, hacia el norte, Red Mountain. Hoy estos tres gigantes son parte del paisaje que millones de personas relacionan con vacaciones —dijo ella, y ciertamente Aspen se ha vuelto un destino de esquí o de invierno, pero esa es solo una imagen de lo que se ha creado en los últimos años. Entonces Nina comenzó a desmenuzar todo lo que estaba alrededor durante este verano.
Al mirar las montañas, mientras escuchaba a la dama, pude comenzar a visualizar cómo una de ellas, Ajax, era perforada por mineros, otra (Red Mountain) se convertía en mi mente en varias granjas de cerdos, y una más (Smuggler Mountain), la visualicé con esos cargamentos de plata que se preparaban para ser enviados en barco hacia el viejo continente. El Aspen de hoy, con sus tiendas y boutiques, dejó de verse a colores para que en mi imaginación se construyera una postal antigua en blanco y negro —o quizá color sepia— donde se veían los primeros trabajadores y habitantes.

Aquellas montañas, sin mucha gente, formaban valles por donde corren los ríos. De acuerdo a la historia, el agua era abundante, los paisajes hermosos y una gran riqueza natural era el territorio ideal donde se establecían los antiguos pueblos de los Ute: un grupo étnico nómada particularmente llamado Uncompahgre (o Tabeguache), cuyos antepasados habitaban el oeste de Colorado durante el verano para cazar y así después desplazarse a otras regiones para pasar el invierno.
Mientras Nina hablaba de aquellos primeros habitantes, sobre nosotros se escuchaban las hojas que se movían delicadamente con el viento. Al ser verano, todavía permanecen firmemente sujetas a los árboles. Pensé que, al cabo de algunas semanas más, muchas terminarán volando hacia el suelo o quizá serán arrastradas rumbo a las montañas para convertirse en abono de la fértil tierra, pero por el momento todo está verde, ordenado; se escuchan las aves cantando felices, algunas de ellas de hermosos colores.

Los ÁRBOLES que ven
Aspen en verano huele a fresco. Te encuentras a los pinos y otras coníferas en todas direcciones y, cuando uno se aleja mentalmente del ruido de los restaurantes y de las tiendas, resulta fácil comprender por qué los seres humanos han regresado, durante siglos, a este mismo valle encantado. Tiene algo que atrapa a todos los que llegamos, y aunque las razones son distintas, sientes que las montañas te proporcionan refugio.
Además de los pinos, están ahí otros árboles locales llamados tipo “aspen”; dicen que todos están conectados a través de sus raíces, y suena increíble esa metáfora: se protegen entre todos, alimentan al que le falta agua y además son observadores del buen comportamiento del caminante, ya que todo lo ven a través de sus decenas de ojos ubicados en la corteza.

Nina comentaba que en 1879 fueron registradas algunas concesiones mineras en las montañas de Aspen y Smuggler; mientras tanto, existía la presión sobre la comunidad de los Ute para provocar su expulsión hacia otras reservas naturales (cosa que con el tiempo tenía que suceder). Así fue como, bajo esa conclusión, las montañas quedaron abiertas para todos aquellos que llegaban a buscar minerales y a construir una nueva vida. Sí, esto quiere decir que al principio hubo muchos enfrentamientos, pero para los recién llegados también hubo dificultades para instalarse; ella mencionó que uno de los primeros comerciantes que atravesó las montañas venía acompañado por su hija y uno de sus empleados.
Ellos viajaban en una carreta tirada por caballos y, en una parte del camino particularmente difícil, necesitaron hasta diez días para avanzar apenas dos millas (unos 3.2 km). Así, al encontrarse un precipicio de los muchos que había, descargaban todo, desmontaban las carretas, bajaban sus valijas y pertenencias a través de poleas y cuerdas. Ya abajo, las volvían a armar para continuar su camino. Mientras escuchaba a esta dama de buenas costumbres, miré las montañas que rodeaban la ciudad y traté de imaginar esa travesía… Imaginé lo que los árboles ya habían visto.

La VIDA en medio de la NADA
Actualmente, todo parece estar exactamente donde debería estar. Las casas, bien formadas una tras otra, con jardines y sus porches impecables; las calles, edificios y locales en perfectas condiciones, mientras que las montañas funcionan como un escenario monumental detrás de la ciudad. Pero quienes llegaron primero no encontraron este Aspen; tuvieron que construirlo poco a poco, enfrentándose a un clima que hasta el día de hoy puede ser verdaderamente hostil, ya que el invierno cubre las montañas de fría nieve, mientras que, durante el verano, el sol de mediodía castiga con gran fuerza.
Recordemos que anteriormente no había calefacción o aire acondicionado; no había transportes preparados para la montaña, ni locales para refugiarse; las comodidades eran nulas. Así que puedo imaginar ese crudo invierno de 1880 cuando las primeras 35 personas se establecieron en tiendas de campaña, todos con la esperanza de comenzar una nueva población.

De acuerdo a Nina, de esos pioneros, 13 eran mujeres victorianas educadas que, aun experimentando aquellas condiciones, organizaron una sociedad literaria, una escuela dominical y hasta un club de canto. Aquello terminó de romper la imagen del típico campamento del salvaje oeste que yo me estaba imaginando.
En este recorrido detrás de Nina, caminábamos entre las calles actuales; así me imaginaba a los hombres regresando de las minas con la ropa sucia. Otros quizá aparecerían cargando cubetas con peces recién sacados de los lagos y ríos. Algunas mujeres los esperarían mientras realizaban sus propias labores.

La exhaustiva jornada de los mineros podía haber terminado, pero la de ellas probablemente continuaba; había que reparar algo o lavar ropa, limpiar, cocinar, educar a los niños, además de mantener funcionando sus hogares establecidos en un sitio donde prácticamente todo resultaba complicado. No cabe duda de que los minerales, como la plata, comenzaron a cambiar el entorno; Aspen creció a una velocidad difícil de imaginar. En apenas diez años se convertiría en la tercera ciudad más grande de Colorado, y para 1890 ya contaba con más de 12 mil habitantes.
La creciente industria de la plata se reflejaba en una época de bonanza. Ya había tres escuelas, se imprimían seis periódicos y había dos líneas de tren con hasta diez frecuencias de entradas y salidas al día. Se dice que aproximadamente una sexta parte de toda la plata producida en Estados Unidos procedía de Aspen.

De acuerdo a la respetable Nina, la riqueza comenzó a notarse en las calles con la aparición de grandes casas tipo victorianas, bancos, comercios, iglesias y edificios públicos; algunos de ellos siguen de pie frente a nosotros, como si se aferraran al pasado… Cada vez que Nina señalaba alguno, me daban ganas de acercarme un poco más y entrar a curiosear.
Ciertamente, en el recorrido hay edificios que merecerían ser visitados; sin embargo, no todos tienen acceso, pero basta observar sus ventanas, sus antiguas puertas, un balcón o cornisa y así comenzar a preguntarse: ¿cuántas personas habrán vivido ahí?, ¿cuál sería su historia? y ¿cuántas conversaciones privadas permanecerán, de alguna manera, guardadas entre sus muros?

La SENSACIÓN de estar AHÍ
Fue así que bajé la mirada. Debajo de mis zapatos aparecían esos adoquines antiguos. Hasta ese momento solamente me habían parecido bonitos y resistentes. Después de escuchar aquellas historias, me hizo sentido el esfuerzo físico de quienes construyeron esta ciudad. La historia había dejado de estar plasmada solamente en los edificios, y ahora también estaba debajo de mis pies.
Me enteré de que fueron traídos desde St. Louis, Misuri, en los años 70. Así fue como medio millón de ladrillos de asfalto —los cuales habían sido horneados en 1900 y vendidos en 40 centavos cada uno— provenían de dos fábricas cuyos nombres y números de lote están labrados y llegaron aquí para quedarse como si también fueran habitantes. ¡Nina lo sabía todo!

Después de unos cuantos minutos, las flores insistían en devolverme al presente; no era culpa de Nina, era culpa de Aspen en verano. A cada paso que dábamos, los colores y aromas hacían casi imposible el no percibirlas; buscaban su protagonismo y lo conseguían, ya que me detenía para fotografiarlas mientras eran polinizadas por las abejas y los colibrís, quienes buscaban su néctar sin importarles demasiado que yo me acercara. Ellos estaban en lo suyo. Yo también.
Otro distractor era el césped recién cortado. Dejaba ese olor que inmediatamente asociamos con el verano, y las sombras de los árboles hacían mucho más agradable caminar cuando el sol del mediodía comenzaba a sentirse con mayor fuerza. Pequeños riachuelos hacían ruido cerca de mis pies; sí, ahí a alguien se le ocurrió respetar su cauce natural entre las calles empedradas y así quedó como una ley: respetar los caminos de agua.

De repente aparecía una ardilla corriendo entre los árboles; el ruido y grito de los niños trepados en los coloridos juegos terminaba de recordarme que Aspen en verano es toda una tradición a la que los viajeros comunes como yo no estamos acostumbrados. Es disfrutar el sol, las flores y la naturaleza de todos los días; sin embargo, esta también es una ciudad, pero el estrés no es su prioridad. Mientras caminábamos por el área de restaurantes con Nina, no podía dejar de distraerme de ver lo que sucedía alrededor. Salía un murmullo que se acentuaba, resultado de las conversaciones o mezcla de distintos idiomas, risas inesperadas, copas chocando y cubiertos que golpean los platos.
En los jardines, las personas pasean sus perros, parejas disfrutan de un refrescante helado mientras algunos jóvenes juegan en el parque con un frisbee en lugar de estar atentos al celular, y una chica —a la cual no le pude ver su rostro— se encuentra de espaldas mientras ensaya con un violín sentada en una banca. Me gusta ese Aspen porque no necesita estar haciendo nada espectacular para resultar atractivo. La gente simplemente parece estar disfrutando de estar ahí.

El ABANDONO de Aspen y la PIEZA de PLATA más grande de USA
Con un chasquido, Nina volvió a regresarme al presente para hablar de los años mineros, allá por 1890, cuando la avenida Cooper Street llegó a concentrar bares, salones y centros de entretenimiento como The New Brick Saloon, el cual cambió su nombre a The Red Onion y que aún se conserva como el restaurante y bar más antiguo en Aspen.
La historia dice que este lugar funcionó por más de un siglo como una tienda de sándwiches —cuando realmente era un sitio clandestino de venta de bebidas y música—. Nina, un poco reservada ante esta situación, recuerda cómo los soldados de la 10th Mountain Division terminaban aquí sus pesadas jornadas mientras Billie Holiday llegaba a cantar en este lugar allá por la década de los 50.

Mientras escuchábamos la explicación de este encantador pasado, algunos peatones comenzaron a acercarse, reduciendo su paso mientras miraban y escuchaban las distintas historias del viejo Aspen. También quedaban atrapados; eso es lo extraordinario de caminar una ciudad con alguien que sabe contarla. De pronto, una fachada todavía ignorada se colocaba frente a nosotros.
—La riqueza no duró… —Dijo Nina. —En 1893, el gobierno estadounidense dejó de sostener la compra masiva de plata y su precio se desplomó aproximadamente a la mitad. Más de 200 minas cerraron inicialmente”. Era el declive de este sitio; sin embargo, un año después, ocurrió una de esas ironías que parecen escritas para una novela.

—Y continuo… —De la montaña Smuggler fue extraída la pieza de plata sólida más grande encontrada en Estados Unidos ¡con un peso de 2 mil libras! (más de 900 kilos). Era enorme y tuvieron que romperla para sacarla; obviamente era una fortuna, pero lamentablemente llegó muy tarde porque Aspen ya había comenzado a vaciarse.
Las calles quedaron desiertas, las casas abandonadas y negocios cerrados les hacían segunda a los edificios deteriorados. —Dijo Nina. —Las familias se iban de Aspen dejando las sábanas sobre los muebles por si alguien quisiera habitarlas; también dejaron algunos alimentos en las alacenas. Para 1930 quedaban aproximadamente 700 habitantes. Curioso, pero incluso si alguien necesitaba materiales para reparar su casa, podía tomarlos de alguna propiedad abandonada.

Así fue como Aspen llegó a ser tan pobre que ni siquiera podía permitirse demoler algunos edificios. Algunas personas decidieron quedarse para recordar la época de bonanza y solo sobrevivir. Con el tiempo y en las siguientes décadas, la ganadería fue la principal actividad para comer e intercambiar productos como leche, queso y carne. Algunos tenían gallinas, otros cerdos, otros reparaban autos; alguien sabía coser, otra daba clases. Cada vecino poseía algo que otro necesitaba. La verdadera riqueza era el cuidarse y procurarse entre todos.
Había voluntarios para todo y, justo con parte de esa ideología, el departamento de bomberos ha funcionado así desde sus inicios hasta la actualidad. ¿Recuerdas el batallón de soldados que se entrenaron en estas montañas durante la Segunda Guerra Mundial? Pues varios de ellos regresaron convencidos de que se podía crear un centro de esquí. Por eso en 1936 comenzó a desarrollarse comercialmente esta actividad y así este destino encontró una nueva razón de existir; pero Aspen en verano terminaría de darle esa personalidad de destino inesperado.

JAZZ y MÚSICA para Aspen en verano
Para fortuna del lugar, hubo dos personas clave provenientes de Chicago que le dieron impulso y prosperidad a Aspen: Walter y Elizabeth Paepcke, quienes llegaron con una visión que iba mucho más allá de subir y bajar montañas. Walter quería crear una comunidad artística donde pudiera encontrar en cada visitante un equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu (porque el lugar lo merecía).
Así fue que en 1949 se organizó una celebración por el bicentenario del nacimiento del escritor y polímata Goethe. Fue todo un suceso; durante tres semanas llegaron músicos, artistas e intelectuales como Thornton Wilder, Arthur Rubinstein y Albert Schweitzer. Era el como “big bang” cultural de la región.

De esta gran iniciativa surgió la creación de The Aspen Institute y Aspen Music Festival and School. Ahora entendía por qué, desde el momento que llegué, veía una gran cantidad de jóvenes con instrumentos musicales en mano como si fueran apurados a lo suyo, algunos cruzando la calle con su violín, su trompeta o su chelo nada discreto. Este festival se celebra año con año, por supuesto, en verano.
En nuestro andar nos enteramos de que desde sus inicios otro gran patrocinador de Aspen fue Jerome Wheeler: un empresario neoyorquino que había invertido en minas, electricidad, bancos, ferrocarriles, entre otras grandes aportaciones.

Uno de sus grandes logros fue construir el Wheeler Opera House, un hermoso teatro con iluminación eléctrica que para 1889 era todo un suceso. La elegancia del lugar era difícil de imaginar; todos querían llegar a conocer este teatro en su época de esplendor.
Ahí estaba frente a nosotros, con más de 130 años, este coloso de mármol y cantera que parece no rendirse a cumplir el objeto para el que fue creado: un lugar de espectáculo, conciertos y teatro. Todos los bellos momentos de Aspen que tienen sonido aquí se concentran como si fuera el corazón que vibra con armonía desde su primer momento.

Al llegar al Pitkin County Courthouse (o Palacio de Justicia), pudimos observar en su fachada una estatua que merecía especial atención. Se trata de la Dama de la Justicia; curiosamente, ella no lleva venda. Según la historia que Nina nos contó, los mineros insistían en que la justicia no era ciega y la estatua terminó representada con los ojos descubiertos.
Este edificio tiene varias historias no tan elegantes, como el caso de la cantante y actriz francesa Claudine Longet, quien fue culpada de la muerte de su amante, el esquiador Spider Sabich. Fue condenada a 30 días de cárcel y escogió algunos fines de semana para cumplir su sentencia. Una canción de los Rolling Stones lleva su nombre y el suceso.

También en este sitio fue apresado el asesino serial Ted Bundy, quien consiguió escapar saltando del segundo piso para internarse en las montañas; sin embargo, con el crudo invierno exterior, fue capturado nuevamente para culminar su juicio, que lo llevó a la silla eléctrica unos pocos años después. Historias como estas seguían atrapando a los visitantes mientras las montañas eran las protagonistas de cada historia que Nina nos contaba.

Los vaqueros de las MONTAÑAS
En algún momento de este paseo entramos a una tienda de sombreros. El lugar era muy popular; viajeros de distintas partes del mundo llegaban a una de las tiendas más visitadas, sobre todo porque la cultura vaquera en Colorado está viva, y tiendas Kemo Sabe están aquí para que termines frente a un espejo preguntándote si necesitas comprar un sombrero con el pretexto de asistir a un rodeo durante la temporada de verano, o simplemente para tener el mejor souvenir de Aspen.
Tiendas y boutiques, hoteles, cabañas y restaurantes suelen mostrar, en sus muros o repisas, animales disecados propios de la zona: alces, venados, uapitíes, osos y otros ejemplares que nos hablan de la naturaleza de Aspen; una fauna que afortunadamente se encuentra mucho más protegida habitando en las fascinantes montañas de alrededor.

Y no es broma, caminando por las calles puedes encontrarte con un mapache buscando algo delicioso que alguien olvidó en una banca; también merodean por ahí osos y venados, aunque estos normalmente prefieren mantenerse alejados del movimiento humano. La naturaleza está cerca y, tan solo saliendo del entorno urbano —y con un poco de suerte—, podrás ser testigo de que están para recordarnos quién llegó aquí primero.
Aspen ha logrado lo mejor de ambas etapas: combina casas antiguas con las modernas; dentro de los edificios de ladrillo se exhiben las grandes marcas internacionales, galerías y escaparates capaces de recordarnos inmediatamente el Aspen contemporáneo.

Ciertamente, es una contradicción que resulta fascinante. Y mientras pienso en esa idea, un colorido mural aparece detrás de un comercio sofisticado; el arte se encuentra de manera imprevista.
Me queda claro que Aspen se convirtió en una hermosa ciudad, con todos los servicios y edificios que debe tener un condado. Pero faltaba aquel que pudiera recibir a todos los que llegaban desde lejos para explorar el lugar: un hotel, pero no un hotel cualquiera, y para ello, Nina tenía planeado algo único e inolvidable.

HOTEL JEROME: Respetando sus años
Regresando en el tiempo, este lugar abrió en noviembre de 1889 con 92 habitaciones con grandes novedades: agua fría y caliente, calefacción a vapor, lavandería, barbería, salón de baile, bar, biblioteca y hasta un invernadero donde se cultivaban vegetales que utilizaría el chef del hotel. Nina recalca que en su inauguración 300 focos incandescentes iluminaban la fachada. Fue todo un suceso.
Pero ciertamente este sitio pasó por la bonanza y la decadencia de Aspen. En los años de pobreza, varias familias cerraban sus casas durante el invierno y se instalaban aquí para utilizar la calefacción del hotel y esto ciertamente les resultaba menos costoso. ¿Qué tantas personas lo visitaron?, ¿quién pasó su última noche de vida aquí?, ¿algún huésped se casaría con alguien del personal?, ¿quién se comprometió inesperadamente en una cena?

Dicen que cuando Elizabeth Paepcke se asomó por el cubo de luz, miró hacia arriba y vio nieve cayendo dentro del tercer piso; fue un momento encantador, pero era importante restaurarlo y poner un domo. Historias que los locales hablan de los caballos que llegaban caminando por el lobby. Por otro lado, yo no sabía que durante la pandemia de COVID-19 que afectó al mundo hace apenas unos años, el hotel utilizó sus habitaciones para los enfermos.
La remodelación realizada en el hotel en el 2012 tenía como objetivo convertirlo en una reconstrucción perfecta de sus inicios de 1889. Sin embargo, el diseñador pensó que sería como entrar a un museo y la idea era demostrar todas las etapas por las que ha pasado el lugar; entonces optó por mostrar su vida recolectando testimonios desde los pueblos originarios, pasando por la época ganadera, los caballos, la cacería y a diferentes momentos del siglo XX.

Y fue justo en ese momento en el que mejor comprendí todo el recorrido: algunos lugares están ahí como parte de una gran familia —unos más viejos que otros—, todos con una historia distinta que solo los habitantes locales pueden comprender y, es por eso que todos les guardan un especial cariño. A eso le llamo “el encanto de un lugar”; es lo que nos hace regresar por saber más del sitio.
Justo en el hotel terminábamos el recorrido histórico por Aspen. Al despedirnos de Nina, nos acompañó a la entrada del lobby para quedarse ahí como si fuera parte del inventario, no sin antes decirme: “Regresa pronto y cuenta de este hermoso Aspen a las personas que más quieras para que vengan también”.

Pensé nuevamente en aquellos primeros habitantes —como Nina— que llegaron cargando todo lo necesario para comenzar una vida y que ahora desean compartir la verdadera fortuna de este lugar.
Las calles seguían siendo exactamente las mismas por las que había comenzado a caminar unas horas antes. Sin embargo, yo ya no las veía igual: una casa victoriana había dejado de ser solamente una casa bonita, un mosaico podía recordarme a quienes construyeron la ciudad, una montaña podía esconder minas; hasta el teatro podía explicar la necesidad de una comunidad de demostrar que también necesitaba música.

Visitar ASPEN en VERANO
Aspen es conocido mundialmente por el invierno y sería absurdo intentar competir con esa imagen. Sin embargo, creo que es precisamente Aspen en verano cuando la ciudad permite acercarse con mayor facilidad a su verdadera personalidad. ¿Por qué?
Porque al estar sin nieve, se descubren las calles y aparecen las flores, se ven los jardines, el agua corre entre algunos adoquines, las fachadas pueden observarse con calma, las sombras de los árboles invitan a caminar y los estudiantes llevan música por las calles. Las montañas siguen ahí; vale la pena detenerse, mirarlas y disfrutar del verano. ❖

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