Asia
MIMIZUKA: el MONUMENTO que guarda miles de OREJAS y NARICES
Descubre en Kioto el monumento que guarda una de las historias más profundas y solemnes entre Japón y Corea.
Ubicado en una zona muy alta y tranquila de Kioto, el Mimizuka es un sitio que detiene el tiempo. Aunque el nombre puede resultar curioso para los viajeros, representa un capítulo histórico muy importante de finales del siglo XVI. Aquí, los visitantes vienen para tratar de comprender lo complejo de la historia y a ofrecer un momento de silencio por la memoria y la paz…

¿Qué es el MIMIZUKA?
El Mimizuka es una colina de tierra que en su parte más alta tiene una estela de piedra tipo pagoda. Y bajo ella descansan los restos de miles de orejas y narices traídas a Japón durante las invasiones de Toyotomi Hideyoshi a Corea entre 1592 y 1598… Sí, narices y orejas. Originalmente, se llamó Hanazuka —“Túmulo de las Narices” en japonés—, pero el nombre cambió con el tiempo, porque mencionar solo las narices se consideró demasiado cruel; entonces lo cambiaron a orejas…

Para entender por qué existe esto, nos tenemos que remontar entre los años 1592 y 1598, que fue cuando se vivieron las invasiones japonesas de Corea. En ellas vieron envueltos tres países: Japón, China y Corea. La explicación es muy sencilla: El regente japonés Toyotomi Hideyoshi decidió conquistar China. Para ello solicitó el apoyo de Corea para tener libre tránsito a través de la península de Corea y llegar a China más fácilmente. Pero Corea rechazó su petición.

Como respuesta, Toyotomi Hideyoshi preparó sus tropas y convocó a distintos señores feudales para invadir Corea. Fue entonces que inició lo que se conocería como la primera guerra en Asia en involucrar grandes ejércitos con armas modernas.
La guerra terminó en 1598 tras la muerte de Hideyoshi…

La RAZÓN de las NARICES
En la antigüedad, los guerreros japoneses llevaban las cabezas de sus enemigos como prueba de sus hazañas en el campo de batalla. Pero, durante las invasiones japonesas de Corea, el número de muertos era tal que transportar las cabezas por mar desde Corea era algo complejo. Por ello, Hideyoshi comenzó a solicitar orejas como prueba de cuántas personas habían sido vencidas, pero para evitar que se enviaran las dos orejas de una misma persona y se contara como dos, solicitó enviar la nariz.

Estas eran preservadas en sal para su envío a Japón. En la actualidad, es imposible saber el número de bajas de esta devastadora guerra; sin embargo, se calculan entre 300 mil coreanos, 30 mil soldados chinos y alrededor de 1 millón de civiles.
Antes de su muerte, Hideyoshi, buscando su propia sanación espiritual, ordenó que estos restos recibieran ritos budistas para que las almas de los fallecidos pudieran encontrar finalmente el descanso eterno. Así que mandó a construir el Mimizuka para dar una sepultura honorable a las narices y orejas de los soldados y civiles coreanos y chinos que murieron durante sus campañas militares… Estos órganos formaron el famoso montículo de tierra que podemos ver ahora.

Visitando el MIMIZUKA
Hoy, el Mimizuka se mantiene como un recordatorio histórico de la ciudad, siendo visitado por quienes buscan honrar la memoria de las víctimas y reflexionar sobre la paz. Se encuentra específicamente en el distrito de Higashiyama, en Kioto, justo enfrente del santuario Toyokuni, y está abierto las 24 horas del día. Sin embargo, tienes que saber que se trata de un monumento ignorado, pues el gobierno japonés intentaba evitar a toda costa su mención en la historia, omitiéndolo de los libros de texto y limitando su difusión histórica. Incluso, en 1960 se retiró su placa, que decía: “No se puede decir que cortar la nariz fuera tan atroz según el estándar de la época”.

Esto es todo lo contrario a los surcoreanos, que reconocen con odio al Mimizuka y evitan visitarlo. De hecho, en 1970 el gobierno de Corea pidió a Japón nivelar el monumento, quitando el cruel montículo de tierra, pero muchos habitantes surcoreanos se opusieron, pues consideran que es un símbolo que recuerda vivamente el “salvaje pasado de Japón”.
Visitar el Mimizuka no es una actividad turística de goce, sino un ejercicio de empatía y respeto. Representa un puente de dolor, pero también de reconciliación entre naciones vecinas. Pocos visitantes dejan flores y observan en silencio el contraste entre la paz del barrio residencial y el dolor de los eventos históricos ocurridos hace más de cuatro siglos. Viajar también es aprender a escuchar las historias que el silencio de la piedra intenta contarnos. ❖

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